Cuando
jugamos vivimos una experiencia única. Es a través del juego
que encontramos una puerta abierta para soñar, imaginar, aprender
y crear, pero fundamentalmente para la expansión de nuestra personalidad.
El jugador se somete a nuevas reglas. Sin restricciones ni temor, entra
en la zona donde la imaginación y la fantasía delimitan el
ámbito para el juego. Allí no existe tiempo ni espacio, ni
pasado ni futuro. Todo está filtrado por la lógica propia
del juego. No hay conexión con la realidad exterior ni interior.
El juego no posee un propósito externo a sí mismo, porque
posee una naturaleza propia. Naturaleza que tampoco depende de sus jugadores,
su esencia es independiente a éstos. Simplemente se adueña
de ellos y es por su intermedio que el juego se manifiesta, prevaleciendo
su espíritu por sobre la conciencia de cada uno. Esta desconexión
de la realidad pone en riesgo sus identidades, que están obligadas
a manifestarse de una manera diferente. El ámbito donde se desarrolla,
es terreno sagrado, es como un templo, un circulo mágico para el
ritual. El violar las reglas sería simplemente el final... del juego.